
Por Dr. Manuel de Paz Sánchez.
Catedrático de Historia de América Universidad de La Laguna
En
masonería, una vez consumada la iniciación o recepción de un candidato,
era costumbre que el neófito pronunciase, ante la asamblea de su grado,
es decir, en cámara de aprendiz, un discurso de ingreso.
La
costumbre que, como podemos ver por el acto que aquí nos reúne, era y
es común a otros colectivos humanos como las Academias y sociedades de
parecida índole, convirtió tal práctica en obligatoria, y su función,
desde siempre, era la de que el recién admitido demostrase, ante el
resto de la comunidad, no sólo su valor y sus méritos – que, como a los
militares, se le suponen antes de entrar, realmente, en batalla –, sino
su capacidad de reflexión y de creatividad para el bien de los
hermanos, es decir, de la Orden del Gran Arquitecto del Universo en su
conjunto, al mismo tiempo que su voluntad y entusiasmo masónicos.
El
trabajo, plancha, trazado o cualquier otro sinónimo que pueda
encontrarse – naturalmente referido siempre a la Arquitectura –,
glosaba por lo común el nombre simbólico elegido (Riego, Empecinado,
Ptolomeo, Platón, Savonarola, Azaña o cualquier otro), es decir, el
nombre de guerra que los masones españoles y portugueses adoptaban,
también por derecho consuetudinario, seguramente enraizado en las
antiguas persecuciones a las que se había visto sometida la
fraternidad, desde los tiempos de la unión secular entre el altar y el
trono.
En el Archivo General de la Guerra Civil Española,
antigua Delegación Nacional de Servicios Documentales del Estado, en
Salamanca, se conservan por centenares estos discursos o planchas
relativas al grado 1º o de Aprendiz, aunque, por lo general, se trata
de textos elaborados a partir de manuales o Enciclopedias, que se
limitaban a repetir una retahíla de lugares comunes, aunque, eso sí,
glosando al mismo tiempo la importancia de la masonería en relación con
el progreso de la Humanidad; sus inveterados enemigos, los jesuitas y
sus secuaces; su mensaje libertador para las conciencias y otras
consideraciones por el estilo.
En ocasiones, sin embargo, nos
encontramos con pequeñas joyas, como la que, si me lo permiten,
pretendo glosar para ustedes esta noche, y que forma parte de un
estudio, más bien un diccionario, sobre historia de la masonería
española, en el que llevo trabajando desde hace algunos años.
Decía
Manuel Alonso, que así se llamaba nuestro aprendiz masón, al dirigirse,
a principios de 1934, a los miembros de la logia Atlántida, nº 448 de
Tetuán, la capital del Protectorado español de Marruecos, en la que
acaba de ser iniciado el 29 de enero de aquel año, que su modesto
trabajo de aprendiz no tenía la pretensión de ilustrar sobre nada,
“pero acaso, sin pretenderlo tenga la virtud de sugerir alguna
enseñanza porque sucede a veces – por paradójico que parezca –, que la
misma ignorancia es fuente de conocimiento”, y recordaba, a este
propósito, “a un viejo maestro, ya apartado de la santa tarea de
enseñar, que en su larga vida profesional tenía en más lo que había
aprendido que lo que había enseñado”, y es que, como matizaba Alonso,
“en todo grupo de alumnos destacan siempre unos cuantos con una gran
inquietud, con un afán desmedido de saber que acosan a preguntas al
maestro, ahondando en las cuestiones y obligándole a meditar, a ampliar
y aun a veces a rectificar sus propios conocimientos”.
Así,
pues, “rompiendo con la costumbre de hacer una biografía sobre mi
nombre simbólico que no añadiría nada nuevo a lo que acerca de él
sabréis, he preferido hablaros de mis impresiones como Aprendiz en este
Taller”, es decir, en la logia u organismo masónico básico en la que
acababa de ser recibido.
Manuel Alonso había adoptado el nombre
simbólico de Aristóteles, tal vez por su afán de reflexión y de
conocimiento universal. No era un hombre mayor, pero frisaba la primera
madurez, es decir, estaba a punto de cumplir los 40 años, y fue
declarado por sus aplomadores, o sea, por los maestros masones que
informaron acerca de sus méritos para ser admitido en la Orden, como
persona de pensamiento liberal y de actitud librepensadora.
Aclaró,
además, en la introducción a su discurso, que, lo mismo que las
“contumaces preguntas de aquellos discípulos inquietos de que antes os
hablaba, estas cuartillas vienen a ser dudas, impresiones, sugerencias,
de este nuevo hermano vuestro que si nada puede enseñar a ninguno de
vosotros, sí quisiera destacar como discípulo – aprendiz, en este caso,
reitera –, lleno de voluntad y de entusiasmo”.
Y se lanzó a la arena sin mayores encomiendas:
“Lo
primero que llama la atención a todo recién llegado de la vida profana
es el ritual de su iniciación, el ambiente del templo cargado de viejos
simbolismos, el formulismo inalterable de las tenidas. Bien se me
alcanza que todo ello tiene un alto valor histórico, y que su evocación
tiende a que no se pierda la esencia primitiva de la Institución; sé,
también, que la práctica de ritos, la adopción de símbolos y emblemas,
materializando la idea, une más estrechamente a los hombres que se
agrupan alrededor de ella: los organismos todos se nutren de su pasado
como las plantas de sus raíces, y es indudable también – añade nuestro
protagonista –, que a todo impulso hacia delante conviene el contrapeso
de lo tradicional; pero hasta cierto límite nada más: hasta el mismo en
que empiezan a estorbarle y a entorpecer su marcha”.
Algunos de
sus aplomadores ponderaron su extraordinaria afición a la lectura, lo
que no dejaba de ser un magnífico entretenimiento en la guarnición
marroquí en la que estaba destinado, concretamente, en el Batallón de
África nº 6, donde a la sazón cumplía servicios como Capitán del Arma
de Infantería.
Uno de estos informadores, el capitán médico
Federico González Azcune, tal vez simplemente por celos, apuntó que, en
otro tiempo, era “muy dado a vida de casino”, aunque señaló también
que, tal vez, era una forma de “matar el tedio”. Nada opuso, sin
embargo, a su moralidad, respecto a la que subrayó algunas de sus
bondades, porque, matizó, “a pesar de ser pagador de su Regimiento, no
era criticado y gozaba fama de hombre serio en su profesión”. Sus ideas
políticas eran – en efecto – muy avanzadas, y, justamente, unos años
antes, a raíz del fusilamiento del hermano Vigor, es decir, del
protomártir republicano Fermín Galán, como consecuencia de su fracasado
pronunciamiento en Jaca, se había mostrado “indignadísimo contra tan
monstruoso crimen”.
Creía Alonso, y lo dirá en su discurso al
referirse a un ilustre viajero que había visitado España, que el pasado
y, en cierto modo, la propia historia nacional constituían un lastre
casi insalvable para que el país pudiese abrirse camino y mirar, sin
complejos, hacia delante. “Tanto templo, tanta vieja muralla, tanto
castillo histórico – dirá –, tiran demasiado hacia atrás de nosotros. A
la sombra de tanta ruina gloriosa del pasado hemos llegado a adquirir
un sosiego mortal, una inactividad que nos ha dejado a la saga de otros
países”. Por el contrario, la pujanza de naciones como Norteamérica,
parecía producirse, “quizá entre otras causas, por carecer esos pueblos
de historia y de tradición”, y, además, no podía obviarse la renovación
que habían experimentado otros Estados, en lucha con su propio pasado,
como el Japón o la nueva Turquía.
“Quizá nuestra Orden,
escribió, necesite también rejuvenecerse; adquirir una vigorosa y
moderna orientación. Nos convendría, acaso, desembarazarnos de todo o
parte de lo que no es útil. La tradición, los ritos, los simbolismos,
cuando son excesivos, son algo así como esas sustancias que sirven para
conservar los cuerpos, pero momificándolos”.
Lector de
Maupassant, como tantos buenos lectores de su tiempo, recordó entonces
la escena del personaje que acumulaba recuerdos y, una tarde lluviosa,
abrió los cajones donde había guardado los testimonios materiales de su
pasado. “Todas aquellas reliquias – recordó Alonso –, toda su vida
pretérita tiran tan fuertemente de él hacia atrás” que acaba
suicidándose.
Aplicó, igualmente, el tamiz de su crítica a sus
lecturas masónicas, y llegó a la conclusión de que, sin apartarse en
esencia de cierta tónica general, trataban “diversas y primordiales
cuestiones desde un punto de vista meramente subjetivo, y variable por
tanto en cada caso según la personalidad de su autor”.
“Motivo
evidente de esta falta de unidad – añadió – es la excesiva parquedad de
nuestra doctrina. No basta enarbolar un ideal (común por otra parte a
todo hombre civilizado), es preciso sustentarlo con la base firme de
una doctrina que guíe nuestra razón y nuestra conducta... No basta, no,
que unos hombres sean libres, honrados y de buenas costumbres para que
sean capaces de realizar una obra constructiva. Ha de aunarlos algo
más: y así no ocurriría como ahora, que planteadas en el seno de las
logias trascendentales cuestiones, discrepen sus cuadros, no ya en
detalles de matización o de oportunidad, que esto sería natural, sino
en la entraña misma de la materia que se debate. Así en el tema
nacionalismo, así en orden a lo espiritual y religioso; así con
respecto a nuestra posición ante los graves problemas sociales y
políticos que en el seno de las naciones se plantean”.
Frente a
aquellos que planteaban, por ejemplo, que los grandes ideales de la
organización, sus amplios horizontes no podían contemplarse en los
estrechos límites de un programa, planteó que no se trataba de
programas sino, simplemente, de poseer “un credo más explícito, que nos
imponga una mayor unidad de pensamiento y de acción: que sea norma y
guía de nuestra vida masónica y tenga, para que perdure a través del
tiempo, la virtud de poder adaptarse a condiciones de momento y de
lugar”. Mas – recordó –, se trataba únicamente de transmitir las
preocupaciones, tal vez impertinentes, de un discípulo inquieto.
Su
actividad masónica fue notable, y puede afirmarse que destacan sus
aportaciones entre la producción teórica de los masones militares
españoles del siglo XX, no sólo en África sino en el conjunto de
España. En su logia madre tomó también, en marzo de 1934, el segundo
grado, y, al fusionarse poco después su taller con Oriente, nº 451, de
la misma localidad y obediencia, continuó formando parte del nuevo
organismo. En mayo fue exaltado al grado 3º (maestro masón), y se
remitió un trabajo suyo a la Gran Logia de Marruecos, titulado
“Orientaciones”, que este organismo regional asumió como propio y,
además, acordó llevarlo a la Gran Asamblea nacional del Gran Consejo
Federal Simbólico del Grande Oriente Español, es decir, de la
obediencia nacional, la más importante de la masonería española de la
época.
Asimismo, consta la lectura de otro trabajo suyo en el
orden del día de una “tenida de conjunto” de las logias españolas del
Protectorado, a la que fue invitada, incluso, Perseverancia, nº 70 de
Larache, perteneciente a la Gran Logia Española, la segunda potencia
masónica nacional de la época. Estas reuniones eran relativamente
comunes en Marruecos, donde la masonería pasó a jugar, dadas las
características políticas e institucionales del Protectorado, el papel
que, en el resto de España, representaban los partidos políticos y los
sindicatos.
A raíz de la proclamación de la República, grupos de
ciudadanos nativos gritaban en corros, ¡¡queremos Republíca!!
¡¡Queremos Republíca!! – como recordaba Lora, otro Capitán de
Infantería que ostentó la Gran Maestría de la Gran Logia regional – en
mensaje de albricias a su colega, el Laureado Capitán Muntané Cirici,
héroe de la resistencia republicana en Ifni al Alzamiento del 18 de
julio de 1936.
Eran estos masones, que habían erigido la logia
Tetuán, nº 64 en la etapa final de la Dictadura de Primo de Rivera –
nunca mejor dicho -hombres de armas tomar y, de hecho, constituían uno
de los pocos núcleos progresistas del Ejército de África.
Manuel
Alonso, además, había servido, en el disuelto Batallón de África nº 5,
a las órdenes del radical socialista – y Teniente Coronel de Infantería
– Miguel López-Bravo Giraldo, muerto en 1935 en loor del pueblo
masónico, en Madrid, donde había sido trasladado a causa de su delicado
estado de salud. Este militar, que mandaba el Batallón de África nº 8,
en 1933, fue acusado, por otros jefes y oficiales de su unidad de
“estar en inteligencia con los soldados y clases de su Batallón para
si, por casualidad, la reacción se manifestaba en la calle, salirle al
paso por cuenta sola y exclusivamente suya”. Un primer procesamiento
por esta causa dio lugar a un movimiento de solidaridad de todas las
logias del Protectorado, que circularon manifiestos en los que se
indicaba que era “muy difícil encontrar un militar con graduación de
Teniente a General que no añore los tiempos pasados, como difícil
también encontrar alguno de estas graduaciones que sientan el
Liberalismo y la Democracia como lo siente y practica nuestro hermano
Miguel López Bravo”.
El 8 de octubre de 1934 embarcó, al mando
de su Batallón, a bordo del crucero de guerra “Almirante Cervera”, con
destino a La Coruña, y casi encabezó una revolución a bordo – paralela
a la que, en aquellas fechas, se desarrollaba en Asturias –. Sumariado
nuevamente e ingresado, un mes después, en la fortaleza del Hacho, se
le acusó de “conspiración a la rebelión e intento de apoderarse” del
buque de guerra. Nombró como defensor a don Luis Jiménez de Asúa, pero
falleció, como decíamos, antes de que se dictase sentencia.
Estos
militares fueron abandonados a su suerte por los dirigentes políticos
republicanos de la capital de España (los políticos anteriores,
obviamente, al llamado bienio negro), quienes resultaron excesivamente
fieles a la enraizada tradición metropolitana de ignorar los problemas
fundamentales de sus protectorados y colonias.
Cristóbal de
Lora, López-Bravo Giraldo, Puig, Muntané y tantos otros creían de veras
en la viabilidad de una República democrática y federal para todos los
españoles, pero, al mismo tiempo, estaban convencidos de que su
implantación iba a ser sumamente difícil, y que la guerra parecía
aproximarse de manera inexorable, acechando desde las intransigencias
del pasado y del presente como un vestigio insepulto de la Edad Media.
Ellos lo sabían mejor que nadie, por convicción ideológica y por el
ejercicio de la profesión de las armas.
“Queridos hermanos”,
decía Alonso convencido de su verdad, “por encima de todo esto, nos une
a todos nosotros un anhelo de superación y una profunda preocupación
por el futuro. Libertad, Igualdad y Fraternidad, viejas pero eternas
Ideas” que, en su opinión, constituían una “forma necesaria del destino
humano, una etapa de su evolución a la que forzosamente ha de llegar”.
Su
análisis sobre el nacimiento de estos principios en la conciencia
colectiva de la Humanidad resulta, cuando menos, interesante. La
Fraternidad, la más antigua de las tres virtudes sociales, tenía su
origen “en la mente de aquellos profetas hebreos en los que la creencia
en un Dios universal fue el precedente de la libre conciencia del
género humano”. Siguió, luego, la Libertad, puesto que al hombre, “más
que su miseria le pesan sus cadenas” y, según él, “todo progreso moral
solo madura al amparo de la Libertad, sin más trabas que la necesaria
disciplina para la vida en común”, y de ahí que el hombre luchase
“convencido de que el apoyo más eficaz en su marcha vacilante hacia la
perfección, la luz más clara de su progreso, es la Libertad”. Y,
finalmente, la Igualdad, una “Igualdad presente y humana que mitigue
tanto dolor”. Hombre, al fin, de su tiempo, entiende que las
injusticias requerían una suerte de reparación definitiva. “Nuestra
sensibilidad no puede ya con la angustia que le produce tanta miseria y
tanto sufrimiento como hemos creado nosotros mismos, al repartir
desigualmente los medios de satisfacer las necesidades humanas”. Era
preciso, pues, acometer un cambio drástico en la evolución de la
Humanidad, “aunque para ello – manifestó con preocupación -, haya de
nublarse la luz de la Libertad”. Mientras el problema de la injusticia
social no fuese resuelto, “todo lo que nos entretiene y nos apasiona,
debía de avergonzarnos como algo que distraemos al bien general. El
dinero, el arte, la ciencia misma, son preocupaciones egoístas a las
que nos entregamos, sin duda porque si esa otra preocupación estuviera
siempre despierta en nuestras conciencias, no nos dejaría vivir. Porque
ahora y siempre nada valdrá mientras no sea un hecho la Igualdad de los
seres humanos ante un mínimo de bienestar, de instrucción y de
justicia”.
Detenido a raíz del Alzamiento, resultó fusilado en
Tetuán el 7 de octubre de 1936. El Juzgado nº 3 del Tribunal Especial
para la Represión de la Masonería y el Comunismo, le instruyó el
sumario 26/1943, en el que consta certificado del acta de defunción,
“por heridas de arma de fuego”, y, en consecuencia, decretó el
sobreseimiento de las actuaciones, al aplicar con carácter supletorio
el artículo 115 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Contrasta
su caso, también por esta razón, con el de otros masones militares del
Protectorado, que optaron por la obediencia debida y se sumaron al
levantamiento contra el Gobierno de la República. Bien es verdad que
los más caracterizados, es decir, los que podríamos definir como
integrantes del núcleo duro del antifascismo militar hispano-marroquí,
fueron condenados a la última pena y ejecutados, pero eran una minoría.
Unos pocos escaparon hacia Tánger o hacia la Zona francesa y se
reincorporaron, en cuanto les fue posible, al bando republicano.
González Azcune, por ejemplo, famoso también por promover un informe
crítico de la Masonería española del Protectorado sobre la actuación
política del dirigente nacional Martínez Barrio, quien había ofrecido,
al menos inicialmente, su apoyo al lerrouxismo y al conservadurismo del
bienio, sobrevivió a pesar de que fue sometido a diversas depuraciones,
hasta el punto que alegó en su defensa, no ya el recién promulgado
Fuero de los Españoles, sino, incluso, principios elementales
contenidos en las Partidas, como el referido a que nadie podía ser
juzgado más de una vez por el mismo delito.
Existió – en fin
- otra guerra, de la que han hablado en nuestro tiempo Gras o Kundera,
la guerra del olvido. La que ocultó las reflexiones sencillas de los
espíritus libres de la época, bajo el turbión implacable de la metralla.
“La
más noble actividad del hombre consiste en perseguir todo sano ideal:
trabajemos por el nuestro, sin tregua, sin desfallecimiento. Quizá
nunca se sienta el hombre satisfecho. Al correr del tiempo, estos
ideales de ahora tomarán perspectivas insospechadas, se abrirán a
horizontes nuevos que hoy no podemos siquiera imaginar”, escribió
Alonso al terminar su plancha de aprendiz. Aunque nadie pudo, en
adelante, recoger su concreto mensaje casi anónimo. No figura citado en
ninguna de las grandes historias de la guerra civil. No recoge su
nombre Salas Larrazábal en su enciclopédica historia del Ejército
Popular de la República, ni le hemos nombrado, hasta ahora, los
masonólogos españoles que tratamos de reconstruir la Historia de la
Orden y de su influencia social y política durante la Edad
Contemporánea.
Mas, su mensaje está ahí, como esperando la mano
que desempolve el arpa, y retome su ilusión por un futuro mejor para el
género humano. Al final, concluyó, como si quisiese responder a la
pregunta del historiador: “Pero ello no debe descorazonarnos. Acaso es
ese nuestro destino. Acaso esta loca carrera tras la perfección, sin
llegar nunca a lograrla, sea lo que dé sentido a nuestra vida”.
Muchas gracias.
*-Publicado por la Academia Canaria de la LenguaConferencia de ingreso-
Fuente:http://www.cubanuestra.nu web/article.asp?artID=6855


















